sábado, 20 de septiembre de 2008

EL EGO DE LA NADA

En la hora de la hora sólo un minuto de silencio en mi descanso

Una plegaria corta y sin lágrimas para el último aliento

Y mis cenizas en un orfebre pequeño como recuerdo sin tiempo.

Un epitafio: la muerte fue su vida.

En el inventario de las cosas que no tengo

Creo que solo te podré dejar sueños

El amor de padre más allá de la oscuridad sin retorno

Las cosas buenas, etéreas, pero eternas.

Nada más porque me fue imposible

Levantarme de mi tumba.


Juré amarte para siempre

Te dejé mi aliento último

Mis preocupaciones

Problemas aún no resueltos

La soledad, aunque, todas las noches

Transite tu habitación dolida

El silencio que no pude vencer

Hasta este día para decirte adiós, compañera mía...


A ti Padre

Tu herencia fue mi mayor riqueza

No pude darte mi mano marchita

En tu agonía

Me pregunto: ¿Qué es el amor?

¿La tragedia inmortal sin palabras?

¿La inconmovible expresión del sentimiento?.

No pude sentir ni palpar

Tu inacabable existencia

Y aún, hoy, quieto y vacío

En este fondo de olvido

Tengo posibilidad alguna de alcanzarte

Nunca supe que aún después

Podía besarte.


A ti madre

Unidad absoluta edificaste

Gratificada con el Dios de Abraham

Y de los mundos

No te pesó cargar mi cruz

Y mis pecados

Aún me observas sin reclamo

¿Cómo pudiste hacer este viaje primero?

Podrás perdonarme pero no perdonarte

Te dejo la tristeza y el dolor inmortal

¡Qué ingrato he sido!

Cierras mis ojos

Y lloras.


En suma

Un testamento vestido de negro

Con una cruz que es mi alma

Y un fondo sin reposo.

Todo recibí

Y sueños dejo.

No hay comentarios:

Archivo del blog